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Los economistas clásicos Samuelson y Nordhaus desarrollaron un modelo económico donde dos actores distintos interactuaban a través de dos mercados diferentes. Los actores eran las empresas y las familias. Los mercados referidos eran los de “Bienes y Servicios” y “Factores productivos” (trabajo, capital, …). Las empresas ofrecen bienes y servicios que demandan las familias, y a su vez estas ofrecen trabajo, capital y otros factores productivos que las empresas necesitan.
Este modelo era perfecto, excepto que olvidaba al medio ambiente como agente participante en la ecuación. Esto no tenía importancia si los recursos ambientales eran infinitos. Si el petróleo es inagotable, sólo nos interesan los costes de encontrarlo, extraerlo, refinarlo y distribuirlo, obviando los relativos a la especulación de los mercados. La característica de finitud la introducen artificialmente los países productores para especular también ellos con el precio. Si fuera claramente finito y no dependiente del ritmo de extracción de los países productores sino de la cantidad existente real, supiéramos a qué velocidad se regenera y cuántos barriles nos quedan, probablemente la confección del precio sería diferente. Por otro lado, mientras pensábamos que podíamos ir generando CO2 a la atmosfera de forma indefinida el modelo funcionaba. Ahora sabemos que esa capacidad es limitada y la economía ambiental sugeriría pagar por ese costo/pérdida que se produce al agente medioambiente. De nada nos serviría en cualquier caso pagar si el modelo es insostenible.
Por tanto hay que añadir un agente más al modelo que interactuaría con los dos otros agentes en dos nuevos mercados inyectando recursos naturales (y energía) y recibiendo residuos. La capacidad de regenerar recursos y energía, así como la capacidad de biodegradar residuos determinará la oferta real total del medioambiente para garantizar la sostenibilidad. El consumo por encima de esa oferta sería insostenible. Esa consideración de finitud de la oferta del medioambiente en recursos y servicios sí ajustaría los precios de los otros dos mercados. Aplicado al ejemplo del petróleo, la oferta real no está compuesta por los barriles existentes bajo el suelo, sino por los que se regeneran anualmente de forma natural. En cuanto al CO2, no se trataría de cuanto CO2 la atmosfera puede aguantar sin un deterioro claro de sus condiciones, sino cuanto es capaz de eliminar anualmente.
En ocasiones hace falta invertir o reducir consumo con objeto de incrementar los beneficios futuros, al igual que ocurre en las finanzas de una empresa. Dejar de pescar una especie durante el periodo de procreación o desechar capturas jóvenes es un ejemplo de esto.
Coste social
El modelo de economía ecológica deberá también contemplar los costes de injusticia social. Una injusticia obvia es la discrepancia de intereses entre los individuos que habitamos el planeta hoy respecto de los habitantes futuros. Nuestros tataranietos no están aquí y ahora luchando por sus intereses, lo cual ha restado importancia al problema de la sostenibilidad. Es ahora que nos hemos encontrado con la amenaza inmediata de los efectos del calentamiento global cuando nos ponemos en marcha. Aún así, esta inmediatez no parece suficiente para algunos que demuestran una actitud egoísta tal que prefieren confiar en que nuestros hijos resuelvan el problema con alguna nueva tecnología que inventen, a tener que cambiar algunos de nuestros hábitos.
Otra injusticia ligada al aspecto de sostenibilidad social es aquella producida por decisiones favorables para los poderosos o habitantes de países desarrollados que producen sin embargo desempleo y pobreza en nuestro propio país, o pérdida de biodiversidad y hambre en países del tercer mundo. Esta pérdida/daño producida al prójimo debería estar contemplada en el modelo económico.
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