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No reconocemos el valor de los activos naturales en el medio ambiente al poner precio a los productos
Llamamos activos naturales a los productos y servicios medioambientales, como árboles, pescado, etc. Como ejemplo de activos en forma de productos podríamos considerar un conjunto de árboles en forma de bosque que producen a su vez más árboles, y los bancos de peces que producen también más peces. Como activos en forma de servicios podríamos contemplar el efecto de biodegradación, la captura de agua fresca, etc. El actual modelo económico no asocia valor a estos activos, sino a su procesamiento. Veámoslo con un ejemplo.
El sistema económico de los bancos de peces podríamos simplificarlo del siguiente modo: mientras mayor número de peces y un entorno más favorable para la especie, mayor procreación. Si esta supera a las defunciones el sistema crece y produce ganancias. Si se merma la población por capturas o por impacto de otras medidas medioambientales en mayor número que la capacidad de procrear el sistema entrará en pérdidas.
La primera razón de que el producto ecológico sea más caro que uno que no tenga en cuenta el impacto medioambiental es que en el cálculo del precio de este último no se tiene en cuenta el valor de los activos naturales consumidos. Cuando compramos un kilo de pescado en el mercado pagamos al tendero, al intermediario y al pescador, pero no al medioambiente. En el coste están incluidos los salarios, las amortizaciones de los barcos, el coste de operación, incluido combustibles, pero no hay ninguna parte de ese coste que corresponda al valor de la pérdida generada en la economía natural de esa especie de pescado, si es que se produjera.
Ahora supongamos que hay dos especies de peces en dos situaciones diferentes, la especie que llamaremos abundante está adaptada a una gran extensión de mares, la otra que llamaremos escasa es una especie más localizada y con síntomas claros de pérdidas en su economía natural. Supongamos que para pescar abundante se requiere alejarse de las costas lo cual incrementa su coste de captura. Si la demanda de ambas es similar, la especie abundante estará más cara por ser mayor el coste de su captura y la especie escasa, que entrará en peligro en un futuro próximo, estará más barata. El consumidor no tendrá ninguna motivación especial a consumir de la abundante a no ser que un gran esfuerzo de evangelización tenga lugar, y aún así habrá quien no tenga ningún reparo en consumir escasa mientras esté más barata o sea más sabrosa.
Hay quien piensa que el mercado libre pondrá a cada uno en su lugar y que cuando la especie escasa entre en peligro de extinción su precio subirá por la dificultad de su captura. Otros están convencidos de que la especie en pérdidas en su economía natural debería grabarse con tasas para poner en valor las pérdidas del activo natural que representa, y con dichas tasas subvencionar la captura de la especie abundante. Yo apoyo este último modelo económico que sí tiene en cuenta el valor de los activos naturales.
Otro ejemplo lo vemos con las energías contaminantes versus las ecológicas. ¿Porqué debe el consumidor responsable pagar más por un vehículo hibrido y sufrir sus incomodidades? ¿No deberían los vehículos que contaminan pagar más impuestos premiándose a los no contaminantes? Algunas de estas medidas del tipo “quien contamina paga” están poniéndose en práctica, pero ¿no debería ya hoy día ser un coche híbrido más barato que otro de similares características con motor de combustión?
En suma hablamos de aplicar las leyes de la oferta y la demanda, pero de una forma justa, teniendo en cuenta el coste de los recursos naturales consumidos por adelantado, en lugar de esperar a que su escasez sea la que eleve el precio.
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